Se marcharon tus palabras, nuestros tormentos y huracanes,
nos cegaron el orgullo y la apatía,
nos enredamos en un nido de cenizas que ansiaban por arder,
nos quemamos jugando con nuestro propio fuego,
aquel que ardiente nos vio nacer, crecer y fallecer.
Cuál fue la verdad que nos desató,
Ni el viento sabe cuántos suspiros míos se llevó,
Mi alma sangrante en llanto se llenó,
En mí habitó el vacío y la rebeldía,
Abatida con desesperanza, la desconfianza mi mejor compañía.
Cada uno en su planeta,
desde lejos nos llamamos a gritos,
Insinúas un destino, donde no supimos llegar.
Nuestro coraje se quedó en casa,
Junto a la paciencia se quedó esperando arribar.
Nos quedamos sin nada,
Con las manos vacías nos marchamos,
Se fueron nuestros besos eternos que nunca pudimos terminar,
Nuestro caminar sin cruzarse, en un andar desdichado
